Lo consideraba insomnio. <<¿Por qué no puedo dormirme?>> se dijo para sí. Se dio la vuelta y se puso boca arriba, con unos ojos planetarios, perezosos e indolentes, y alcanzó el interruptor de la luz con una mano autómata que se divertía haciendo justo lo contrario de lo que se supone que era lo correcto y sensato: dormir.
Despierto, en vela, cogió un cigarrilo del paquete que estaba en la mesita junto a la pequeña lámpara que le alumbraba, un bote de pastillas, una copia de su carta de despido que estaba debajo de un folleto de la asociación de alcohólicos anónimos y la foto. El marco estaba roto y el cristal tenía una pequeña grieta, en forma de cuarto de luna, en la parte inferior derecha; pero la foto era nítida, igual que su recuerdo. Como si fuera ayer, o hace dos horas. Allí estaban sonrientes, felices, los tres en esa pequeñita cabaña del bosque: su dulce niña, su siempre perfecta esposa, y él.
No hacía un año que estaban volviendo por carretera en dirección a la ciudad de esas maravillosas mini vacaciones entre naturaleza y sonrisas. En la radio estaba sonando Hold the line de Toto y los tres tarareaban vivamente. Fue el conductor que venía de frente el que no supo 'mantener la línea'. La vida a veces tiene estas macabras casualidades. Normal, por otra parte, si nos atenemos al posterior informe policial en el que se determinaba que el individuo duplicaba la velocidad permitida en una carretera comarcal con bastantes curvas. Ellas ya no estaban. Su sustento, sus pilares, su felicidad. Todo marchito. Él existía en cuerpo y forma; en alma, también estaba muerto.
Los meses posteriores fueron puro ruido. Se limitaba a respirar. Llegaba tarde y mal al trabajo, a consecuencia de las largas noches empapadas de alcohol barato. Tampoco pisaba demasiado el apartamento cochambroso que había alquilado tras vender el piso espacioso que tenían. Sus ahorros se fueron en abogados, juicios y juegos nocturnos que se vestían de evasión. No tenía nada, ni nadie, y el recuerdo de sus flores no era suficiente en un terreno tan grande, tan yermo, tan estéril, tan seco.
Con el cigarro quemando lentamente en su comisura y la luz aclarando toda esa estancia indigna y sucia, se fijó en una mosca que yacía muerta, boca arriba, en el interior de la lamparita. Y le recordó a él cuando antes volaba con ellas a cualquier lugar. Y le recordó a él ahora que estaba ahí, de cuerpo presente, pero vacío y sin latido por dentro. Ni dudó, ni tembló: cogió el cigarrillo ya casi consumido y lo dejó entre sus dedos, con la mano apoyada en la sábana. Después cerró los ojos, sonrío y esperó, pensando <<Ya llego, preciosas. Seguid cantando.>>.
No hacía un año que estaban volviendo por carretera en dirección a la ciudad de esas maravillosas mini vacaciones entre naturaleza y sonrisas. En la radio estaba sonando Hold the line de Toto y los tres tarareaban vivamente. Fue el conductor que venía de frente el que no supo 'mantener la línea'. La vida a veces tiene estas macabras casualidades. Normal, por otra parte, si nos atenemos al posterior informe policial en el que se determinaba que el individuo duplicaba la velocidad permitida en una carretera comarcal con bastantes curvas. Ellas ya no estaban. Su sustento, sus pilares, su felicidad. Todo marchito. Él existía en cuerpo y forma; en alma, también estaba muerto.
Los meses posteriores fueron puro ruido. Se limitaba a respirar. Llegaba tarde y mal al trabajo, a consecuencia de las largas noches empapadas de alcohol barato. Tampoco pisaba demasiado el apartamento cochambroso que había alquilado tras vender el piso espacioso que tenían. Sus ahorros se fueron en abogados, juicios y juegos nocturnos que se vestían de evasión. No tenía nada, ni nadie, y el recuerdo de sus flores no era suficiente en un terreno tan grande, tan yermo, tan estéril, tan seco.
Con el cigarro quemando lentamente en su comisura y la luz aclarando toda esa estancia indigna y sucia, se fijó en una mosca que yacía muerta, boca arriba, en el interior de la lamparita. Y le recordó a él cuando antes volaba con ellas a cualquier lugar. Y le recordó a él ahora que estaba ahí, de cuerpo presente, pero vacío y sin latido por dentro. Ni dudó, ni tembló: cogió el cigarrillo ya casi consumido y lo dejó entre sus dedos, con la mano apoyada en la sábana. Después cerró los ojos, sonrío y esperó, pensando <<Ya llego, preciosas. Seguid cantando.>>.
No hay comentarios:
Publicar un comentario