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viernes, 17 de julio de 2015

Gente en blanco y negro



¿Nunca habéis tenido la sensación de que hay personas que no están en vuestra vida pero son absolutamente necesarias en ella?

Pongámonos en contexto; todos sabéis mi predilección por el cine clásico, en especial por el genio Wilder. Cualquiera de sus películas es sublime, y muchas son en blanco y negro. Esas personas de las que hablo, son actores de las mismas. Algunas con papeles más importantes, y otras con menos peso. Yo sería Billy, el director. Y ellos serían protagonistas de mi próxima película. Como no están, como dije antes, pero son necesarios, puedo hacer con ellos lo que me dé la gana. Puedo imaginarlos, pensarlos como yo quiera, a mi manera. Eso es lo que les hace grandes. Personas que puedes poner en situaciones geniales con diálogos perfectos. Y superarían la realidad que sería tenerlos cerca.

Parafraseando a Pratchett, a esa gente sí les dejaría entrar en mi cabeza y poner las cosas que quisieran. Dejarlas allí, bien colocadas. Cosas en forma de ilusiones, de recuerdos, de conversaciones, de imágenes. No nos engañemos, algunas de esas personas ya han instalado varios de sus elementos. Y luego siguen su curso normal, su vida normal. Por eso son personas necesarias; llegan, dejan sus cosas y se quedan aunque se vayan.

Esa gente es grande, inmensa. Con ellos, tienes la sensación de tener un pequeño país dentro de ti, con distintas calles, distinta gastronomía, distintos paisajes, distintos cines. Y a mi siempre me gustó viajar y ser turista.

Sólo pido una cosa. Una sola cosa. Que cada vez que tenga oportunidad de ver a esa gente, nos pongan en blanco y negro. Como en El Apartamento. Como en Con Faldas y a lo loco. Como en El Crepúsculo de los Dioses. Cada uno con un guión distinto, con una manera de actuar y de provocar reacciones distintas. Siempre formando parte de mis películas. Pero que nos pongan en blanco y negro. Siempre. Sólo eso.

Gracias a todos ellos.

viernes, 6 de febrero de 2015

Ilusiones

Dicen que la ilusión es lo último que se pierde. ¿Por qué? A esa frase tan manida a mi me gustaría añadirle "...y lo primero que te deja jodido". La ilusión es lo último que se pierde, y lo primero que te deja jodido. Eso es. Todos tenemos ilusiones, sueños, cosas por hacer. Pero realmente, ¿cuántas de esas ilusiones llegan a buen puerto? No son pocas las veces que me lleno de ilusiones que se construyen a velocidad del rayo, que te impulsan a hacer cosas de las que a veces me sorprendo hasta yo mismo. Pero son ilusiones cabronas, porque la vida es otra cabrona. De repente, cuando menos te lo esperas, ocurre algo que abre una grieta en una ilusión, que la infecta y la enferma, que hace que se vea desde una perspectiva mucho más triste, nostálgica y descorazonadora, y que acaba logrando que la perdamos, incluso que la odiemos. ¿No os ha ocurrido? No me lo creo.

Las ilusiones no son más que una proyección de una vida incompleta, y no creo que dependan de uno mismo. Quizá no de una vida incompleta, pero sí de una vida insatisfactoria, una vida que no acabamos de aceptar y con la que no nos conformamos. Un amplio abanico de cosas, desde las más insignificantes hasta las más grandiosas, son los ingredientes puros de las ilusiones. Luego es la propia rutina (intercambiable por trabajo, persona o lo que uno quiera) la que te lo cocina como si fuera comida basura, fast food. Tu sólo te la comes, pero no intervienes en el proceso creativo. Y claro que hay estrellas Michelín en los restaurantes de ilusiones; pero también hay tabernas de mala muerte. Todos queremos comer en sitios de lujo con ilusiones madre in Ferrán Adriá que te dejen un sabor inolvidable y perpetuo, pero lo común es alimentarse en lugares de menú diario a 10€ o recalentarse una tortilla preparada del Mercadona. Pero, en este caso, en vez de llevar cebolla barata, llevan ilusiones mermadas e imposibles.

Las ilusiones suelen ser parte innegable del engranaje que mueve el motor de nuestras vidas, motivos que nos impulsan a cambios o que nos hacen perseverar e insistir en aquello que deseamos. Pero, en un mundo vendemotos, suelen quedarse como un holograma que vemos delante de nuestras narices constantemente pero que somos incapaces de agarrar y guardarnos en el bolsillo. Como objetivo de nuestra felicidad, son necesarias. Como objetivo de infelicidad, también. Por eso, las ilusiones son lo último que se pierde, pero también lo primero que nos deja jodidos.

¿Sabes que te he mentido? Adivina dónde.

lunes, 1 de diciembre de 2014

Ayer, mañana y la semana que viene.

Ayer nos prometimos que mañana quedaríamos la semana que viene.
  Fracasamos.
La semana que viene, pensábamos mañana, sería mejor que ayer.
  Erramos.
Mañana mis ojos miraban tu cuerpo que ayer sudé y la semana que viene sequé.
  Tocamos.
Las cartas de ayer olían. Las de mañana torcerán. Las de la semana que viene sin tinta.
  Tachamos.
Los amores de mañana y la semana que viene peleaban contra el de ayer.
  Perdimos.
El teléfono de ayer reía. El de mañana susurraba. El de la semana que viene quemó.
   Colgamos.
Ayer deshojábamos margaritas. Mañana jugábamos las cartas de la semana que viene.
   Órdago.
La semana que viene es el beso que nos dimos ayer y el mañana nos robó en el portal.
   Escapémonos.
El ayer se vestía de tequieros y el mañana se retocaba los teodios. La semana que viene se desmaquilló teprometos.
  Disfracémonos.
Ayer fue impresionismo cautivador. Mañana, cubismo de aristas dolientes. La semana que viene, abstraccionismo de interpretación libre.
  Pintémonos.
La semana que viene vi tu falda de ayer coqueteando al vuelo con el mañana.
   Aterricemos.
Mañana te volví a leer ese cuento de ayer, pero la semana que viene el final era distinto.
  Imaginemos.
La música de la semana que viene era el silencio de algo que compusimos ayer y tocaste mañana.
vEscuchémonos.
La luna de mañana era esa estrella que quemaba la semana que viene cuando ayer llovió.
   Atechémonos.
Mañana eras el verso más largo de la tragicomedia que empecé ayer y terminaré la semana que viene.
   Actuemos.
La semana que viene dejaste de ser el viaje más inexplorado que comencé mañana y descubrí ayer.
   Aventurémonos.
Mañana eras lo amargo de un postre que cociné ayer y salé la semana que viene.
   Comámonos.
La semana que viene te quise más que mañana pero menos que ayer.
Odiémonos.
Mañana te odié menos que ayer pero más que la semana que viene.
   Querámonos.

martes, 4 de noviembre de 2014

Buscando un final.

Que no se sabe cuando hay
que ganar para perder,
que perder para ganar.
Que querer para llorar,
que llorar para aprender.
De las ganas de tener,
proteger, agradar,
a este despacho ruinoso
donde un futuro moroso
cobra tan vanidoso
el pasado que se fue.
De buscarnos a perdernos,
de reirnos a matarnos,
pensarnos ya muy lejanos,
luchar sabiéndolo en vano.
Te prometí inconsciente,
tu soñaste infinito.
Ya nos es indiferente,
fuimos todo, ¡dios bendito!
Cartas de promesas perfumadas
en tus cajones apartadas
tocan trompetas y trombones
para el Fin que mira de reojo.
Sin culpas ni intenciones.
Que no tiras, ni yo aflojo.
No hay librerías baratas
que no tengan sentimientos.
Ni reproches con sardinas,
como diría un tal Sabina.
No pienses que no te quise,
que eras o tú o todas.
Ni que soy como esas ratas,
buscando siempre alimento.
Pero buscas noches de boda
y yo que no me pisen.
Contigo aprendí a aprender,
en blanco y negro a querer.
Pero ganamos para perder,
me quisiste para llorar,
y yo lloraré para no tener.

miércoles, 15 de octubre de 2014

Perdido.

No es por esperar
que la vida se me marche.
Ni tampoco por volver
a hacer los hechos desechos.
Normalmente voy tirando
entre remiendo y parche,
entre cura y espanto,
con dudosos derechos,
a golpe de volante.
Dos teclas de piano
con un mismo sonido,
rutina asfixiante,
teléfono comunicando,
papeles perdidos,
papeles que no arden.
Cámbiame las notas,
escribe desafiante,
deja las ventanas rotas,
es lo único que pido.
Las agujas del pasado,
avanzando, caminando,
una vuelta, dos y tres,
no se para este vaivén.
Llega antes del café,
que si no marcho.

viernes, 10 de octubre de 2014

18:24

El paraguas los protegía de las miles de lágrimas que caían, constantes y envenenadas, del cielo. Las maletas estaban empapadas, pero era lo menos importante. Eran las 18:24 y restaban seis minutos para que el vacío llegase y, disfrazado de un dios inmisericorde, los separase de súbito y sin opción. En el andén no había palabras, ni siquiera besos; era un abrazo para lo único que tenían fuerzas y tampoco es que fuese como aquellos que se daban en esas noches que pasaron entre jazz, vino y sábanas.

Se miraban deseando que no fuera cierto, pensando cómo engañar al reloj y sabiendo que era el final. De fondo, como esa música que suena a veces sin que te des cuenta, el tren anunciaba su llegada con las trompetas de la Muerte. Entonces se fundieron un poco más, él oliendo su perfume, ella queriendo protegerse. Cuando las puertas se abrieron, se besaron como si fuesen niños y fueron soltándose, acariciándose la mano según ella se iba metiendo en el vagón con el equipaje que se había ido mojando de tristeza. Procuró sentarse en un sitio de manera que él no pudiera verla llorar, agachó la cabeza y cerró los ojos.

El tren comenzó a moverse a velocidad tortuga, como si quisiera aumentar, con maldad y alevosía, su sufrimiento. Él prefirió mojarse durante un rato así que cerró el paraguas y vio desaparecer el tren a lo lejos, con todo lo que ello significaba. Sabía que no volvería a verla, que no recordaría su olor ni la sonrisa inocente que solía dedicarle. Pero también sabía que las cosas efímeras, por contradictorio que pudiera parecer, suelen quedarse en nuestra memoria como símbolos aislados de una vida que merece la pena bailar mientras te pisas los pies. Y ella no era una excepción.

jueves, 2 de octubre de 2014

Ni siquiera.

Ni siquiera me habló
ni me dio algún motivo.
Ni siquiera se tapó
a pesar de tener frío.
Ni siquiera palpitó
la emoción del enemigo.
Ni siquiera lo pensó
ni conmigo ni contigo.
Ni siquiera se movió
a pesar de darme vueltas.
Ni siquiera bailó
con el miedo su cadera.
Ni siquiera gritó
la vieja herida abierta.
Ni siquiera escribió
cuatro palabras muertas.
Ni siquiera recordó
lo que era cuando fuimos.
Ni siquiera me rozó
el aire de su abanico.
Ni siquiera reservó
mesa de lágrima y vino.
Ni siquiera valoró
el sentir de los instintos.
Ni siquiera devolvió
los recuerdos que debía.
Ni siquiera escuchó
cicatrices merecidas.
Ni siquiera quemó
miradas en gasolina.
Ni siquiera secó
una flor ya marchita.
Ni siquiera sonrió
cuando yo era su payaso.
Ni siquiera anheló
aquel tren en la estación.
Ni siquiera cantó
cuando vació aquel vaso.
Ni siquiera dudó
en el cambio de guión.
Ni siquiera tembló
al entrar al laberinto.
Ni siquiera salió,
y yo justo aquí me rindo.
Ni siquiera quiso,
ni queriendo siquiera.