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miércoles, 23 de julio de 2014

Gijón del Alma. Parte 1: Volver.

A lo largo de la Historia, muchos hombres se empeñaron en buscar la Fuente de la Eterna Juventud de manera infructuosa, con largos viajes y el sufrimiento de condiciones adversas. Si hubiesen ido por el Norte, pasando por El Negrón, hubiesen tardado una nadería en localizarla ahí, a simple vista, en una Plaza de un Marqués custodiada por un Rey Pelayo que ve pasar, imponente y eterno, a esos jóvenes que riegan de sidra las noches de la ciudad, a esos no tan jóvenes que dan, de la mano, paseos dominicales por El Muelle recordando el paso del tiempo. Cuatro leones la vigilan, con la mirada puesta en los barcos que traen nuevos aires, en el Palacio de Revillagigedo, en el Casco Antiguo y en el ensanche urbano. Tanto el fundador del Reino de Asturias como sus felinos parecen proteger a una ciudad para que siga siendo infinita, para que siga preservando su historia, su cultura y su tradición. Protegen a Gigia. Protegen a Gijón.


Volver. Volver es una palabra que, para los que estamos exiliados, significa ansia e ilusión. Gijón (y Asturias en general) te da de margen alrededor de un mes para estar lejos de ella; después, comienza a echarse demasiado de menos y un inexplicable sentimiento de necesidad se apodera de todo tu cuerpo hasta el punto de que sólo vives por y para volver, descontando días, minutos y segundos. La espera puede ser eterna ya que la mayoría de las veces uno no puede escaparse cuando quiere, bien sea por los distintos quehaceres personales o por el caciquismo que impera en los distintos obsoletos transportes que comunican nuestra querida ciudad.

Esto no pretende ser una pequeña guía turística, sino una pequeña guía sentimental de todos aquellos que amamos Gijón, estemos allí o no. Hay ciertos jueves noche que son diferentes; aquellos en los que sacas en medio de la habitación una vieja maleta desgastada y te pones a pensar, con media sonrisa de niño y la otra media de demonio, qué ropa vas a meter dentro para poder salir luego a tomar unas sidrinas con los amigos por Cimadevilla. Y la cierras y la candas, igual que los magos cierran sus maletines llenos de magia. Te vuelves a casa. Y no te importa tener, al día siguiente, que ir cargando con la maleta por todo el centro de Madrid, porque te vuelves a casa. Emprendes camino en ALSA y cuando vas viendo los prados castellanos por las ventanillas siempre piensas "Madre mía, como Asturias no hay nada". Cinco horas en un autobús (cuando son cinco...) dan para mucho. Y claro, siempre hay que hacer una parada en un sitio recóndito para cambiar el conductor. Minutos más tarde se realiza el primer y único pit stop del trayecto: Villapando (que uno piensa entonces por qué no se puede cambiar de conductor ahí, pero bueno...). Villalpando da para un pis y un café servido por las camareras más ariscas posibles. Las Brujas de Villalpando.

Retomas carretera y poco a poco la orografía del terreno comienza a cambiar según te acercas a la Tierrina. Casualmente es el tiempo en el que tu ya no paras de moverte en el asiento, en parte por cansancio, en parte porque sabes que se acerca El Momento. Los asturianos llamamos El Momento a ese instante en el cual, tras pasar 4,1 km por el túnel del Negrón, con unas luces parpadeantes que te despiertan y te avisan, sales a Asturias. Y ahí están: tus montañas, tus ríos, tu verde, tu orbayu, tu sidra, tus cachopos, tu casa, tu familia, tus amigos, tu vida.


Sabes que te queda una hora aproximadamente para llegar y empiezas a avisar a tu gente por el whatsapp: "Ya estoy en Asturias :)". Haces las paradas en Mieres y en Oviedo, que hacen desesperar a uno, y al final te das cuenta de que estás entrando por la Avenida de la Constitución con una paz y una felicidad equivalentes a un "por fin". Ya estoy en Gijón.



domingo, 20 de julio de 2014

La Cosa Nostra: Del Pueblo y Asturiana

Tras unos días de desconexión con el blog, vengo dispuesto a poneros los dientes largos a todos y cada uno de vosotros con la primera entrada gastronómica (habrá muchas más, vaya por delante). Yo vivo por y para la comida. Considero que es la mayor felicidad que existe en esta vida, y lo aprovecho comiendo absolutamente de todo, probando cosas nuevas y experimentando a más no poder. Descubrir restaurantes y sitios nuevos es una de mis mayores pasiones, y el pecado capital de la gula es mi mejor amigo.

Tengo la costumbre, cuando me quedo los viernes noche en casa, de ir a la parte gourmet de El Corte Inglés y comprar un par de hamburguesas de La Cosa Nostra para preparármelas en casa con mucho mimo y una buena botella de Sidra o de cerveza. Hasta hace relativamente poco era un fijo de la hamburguesa de Juan Pozuelo que lleva ternera, cebolla pochada, pistacho y aceite de trufa. Una delicia. Pero, hace cosa de tres semanas, cuando fui a comprarla, fiel a mi cita, resulta que no les quedaba. Estaba yo ya rumiando la decepción cuando la vendedora me dijo que habían introducido dos nuevas variedades a su catálogo: la Del Puelo y la Asturiana. Como buen asturiano, no dudé en coger la segunda y, como buen glotón, tampoco con la primera.


La hamburguesa Del Pueblo está hecha de carne de vaca gallega con cebolla pochada, bacon y queso manchego. La Asturiana, de carne de vaca gallega (incomprensible), pimentón y queso azul de los Picos de Europa. Pues bien, aquí va mi opinión acerca de ambas, donde ya os adelanto que la de Juan Pozuelo se ha quedado en la última posición del ránking.


Como se puede observar, ambas tienen un buen tamaño y grosor pero la Del Pueblo presenta mucho menos color que la Asturiana debido al pimentón de esta última. En la siguiente imagen vemos cómo se pueden apreciar unos buenos trozos tanto de queso manchego como de queso azul en ambas hamburguesas...


A la hora de cocinarlas, a mi me gusta que estén bien hechas por fuera y en su punto por dentro, para conseguir esa jugosidad que haga que al llevar un bocado a la boca tengamos muchísimo más sabor. Por eso, suelo poner el fuego a un nivel medio-alto (7 de 9, por ejemplo) y dejarlas 1 minuto o minuto y medio por ambos lados. Suelo cocinar las dos a la vez puesto que haciéndolo una a una podría ser que se enfriase la primera y, además, de esta manera consigo el mismo punto y cocción en ambas. Eso sí, ya que tienen distintos sabores suelo ponerlas lo suficientemente separadas para no mezclar sabores.


Una vez está cocinadas, podéis llamarme raro pero me gusta comerlas tal cual, sin meterlas en pan ni añadiéndoles tomate, lechuga, cebolla o salsa alguna. Están lo suficientemente buenas por sí mismas como para introducir cualquier otro producto que pueda desvirtuar o enmascarar su sabor. Un poquito de aguacate, de lechuga o de puré de patata a un lado, por ejemplo, es más que suficiente.


Y ahora, lo más importante. ¿A qué saben? ¿Qué tal están? Pues bien... La Del Pueblo es extremadamente jugosa gracias, sobre todo, al papel del bacon. Además, el queso manchego también aporta un toque cremoso maravilloso y no es demasiado fuerte como para quitar protagonismo a la carne. La cebolla está, y da el toque justo para potenciar el sabor del resto de ingredientes. En conjunto, es una hamburguesa que a mi juicio está absolutamente deliciosa (mucho más que la de Juan Pozuelo) y que dudo mucho que haya alguien al que no pueda gustarle. Respecto a la Asturiana, nos encontramos con un sabor diferente y que puede no contentar a todo el mundo. Me vais a entender enseguida con la siguiente comparación (y los asturianos más): es como llevarte a la boca un trozo de la morcilla del compango de la Fabada empapada en la salsa propia de les fabes. Para mi, claro, soberbio. Pero es un gusto fuerte por culpa (o mérito) del pimentón y del queso azul. Si te gusta el queso azul y el pimentón, no dudes en probarla. Si quieres comer una hamburguesa diferente, no dudes en probarla. Si no te gustan los sabores fuertes y/o crees que el queso azul va a hacer que luego no puedas ligar en la discoteca... lo siento, esta hamburguesa no es para ti.


Vemos en la imagen superior lo que comentaba antes: ese punto doradito y hecho por fuera, y el jugoso y en su punto por dentro. En la Del Pueblo, el sabor del queso manchego está presente en cada bocado que das a la hamburguesa, lo que la hace bastante uniforme. Sin Embargo, en la Asturiana el queso azul no está tan repartido, de manera que, de vez en cuando, te encuentras con un trocito que lo lleva y salta la sorpresa, haciendo un juego en la boca bastante divertido. En la siguiente imagen podemos ver uno de estos cachitos con queso azul:


En definitiva, las dos son unas hamburguesas excepcionales y deliciosas, si bien la Asturiana tiene un sabor más atípico y fuerte. Te recomiendo que cates las dos. La Del Pueblo estoy convencido de que la repetirás y la Asturiana es posible que también si estás abierto a otros gustos. Al menos, pruébala. Lo que está claro es que la Cosa Nostra es un sinónimo de hamburguesa de calidad, con sabor y a un precio económico.

Precio:
  • Del Pueblo (1 unidad): 2.25 €
  • Asturiana (2 unidades): 6,50 €

Puntuación:
  • Del Pueblo: 9
  • Asturiana: 8

miércoles, 9 de julio de 2014

De Dioses y fútbol: Thor y Jesucristo.


"El gran estilo nace cuando lo bello obtiene la victoria sobre lo enorme."

Estas palabras pertenecen a Nietzsche, filósofo y alemán. Probablemente, quizá, en el momento en que acuñó esta frase en algún lugar de Brasil se estuviese sambando o rezando o riendo. O las tres a la vez.

La Alemania de la segunda mitad del siglo XIX era, por aquel entonces, totalmente diferente a la de hoy en día: no había Mercedes, no había trabajos (temporales) para jóvenes españoles cualificados, no rescataban y no había fútbol. Pero Thor acabaría prestando su martillo a once jugadores, intercambiables a lo largo del tiempo, que plasmarían en un terreno de juego las características de lo que acabaría siendo el país: solidez, austeridad, autoridad, simplicidad, inteligencia, eficacia y determinismo. Desconozco, humildemente, cómo era Brasil. Pero seguramente algún chiquillo daría patadas a algún objeto sin tener ni idea de que, pasados 100 años, su territorio tornaría en un sentimiento desmesurado por el deporte rey y se convertiría en el máximo exponente de las filigranas y espectáculo balompédico. Sí que se rezaba, eso seguro. Podríamos decir, en términos futbolísticos, que Brasil maravillaba como lo hacía Jesucriso en los sermones mientras que Alemania destrozaba bajo el poderoso influjo de la herramienta del Dios nórdico. Llegados a 2014, se presentaba en el Mundial americano una semifinal entre Jesús y Thor, ambos con dudas de sus propios poderes y convicciones. 

Dejando a un lado dioses y demás parafernalia inventada carente de sentido, a veces este deporte tiene una cruel y placentera justicia poética. Brasil pensaba que era su momento y creó, en 7 días, un universo patético que miraba por encima del hombro a todo aquel pequeño planeta que tuviera que acoger, casi perdonando la vida de sus habitantes y ofreciéndoles una redención intencionada para intentar lavar su propia imagen ante el mal juego (sucio, por otra parte) que desplegaban. Estudiado todo por parte de su imperioso entrenador Scolari, cualquier pequeño detalle o triquiñuela (dejando a un lado arbitrajes) era bueno para tapar las carencias de un equipo presionado por su propia ambición. Ejemplo de ello es el falso consuelo de David Luiz a James Rodríguez en el partido de cuartos. O la criminalización de Zuñiga por lesionar (de manera no intencionada) al hijo de Dios Neymar. O las lágrimas de todos sus jugadores al finalizar un partido. Todo valía. Hasta que llegó Klose y empezó a poner estabilidad en ese universo caótico. Él mismo se encargó, además, de dejar su nombre en el vacío etéro por siempre jamás, convirtiéndose en el máximo goleador de la Historia de los Mundiales.

El minutero había dado veintiséis veces la vuelta en el partido y a Brasil sólo le quedaba rezar de nuevo. Pum. Pum. Pum. El martillo de Thor. Perdón, de Löw. 1, 2, 3, 4, 5, 6 y hasta 7 goles que hacían que el Big Crunch del universo brasileño cada vez estuviese más cerca. Cada tanto parecía una sinfonía distinta del genio alemán (otra vez) Beethoven. Ni siquiera eso, parecían versiones distintas de Für Elise. Pura perfección. El estadio era lo menos parecido a un sambódromo. Descolocados, impresionados, alterados, incrédulos, los futbolistas sudamericanos eran unos muñecos impotentes ante la autoridad alemana. Fútbol total.

Será difícil volver a recordar un partido así, un partido que provocará, lamentablemente, una herida perenne en todos los corazones de la gente de Brasil hasta límites insospechados. De lo que pase fuera del estadio, más allá del fútbol y del mero deporte es algo que no quiero ni pensar.

El fútbol, a veces, tiene estas cosas. Que devuelve la humildad a un pueblo humilde de por sí engañado por el despreciable espectáculo del fútbol moderno, y da la gloria eterna a otro que, de por sí, engaña. Pero eso es harina de otro costal, y aquí lo bello obtuvo la victoria sobre lo enorme. Thor a crucificado a Jesucristo y Alemania ha dado a luz el Gran Estilo.


martes, 1 de julio de 2014

Y sin embargo, te quiero.

La primavera había durado un segundo. Y el verano, lo que tardó en llegar el invierno. Nada de otoños. Me dieron las diez y las once. Después las doce. La una, las dos y también las tres. La luna con una falda muy corta, casi de puta como las que llevan Maruja La Cachonda o mi prima Carlota -la del perro salchicha-, y un montón de conductores suicidas en la jungla de asfalto.

Yo no era un fulano con la lágrima fácil, ni mucho menos. Viví muchas vidas y me colé en el traje y la piel de muchos hombres que no debí ser, y así me convertí en un pirata con pata de palo. Ni tan arrepentido ni encantado de haberme conocido, lo confieso. Empecé a llevar parche en el ojo cuando ella me robó aquel mes de abril. La verdad es que entonces estábamos cada vez más rotos. Cada vez más ella, cada vez más yo, y ningún rastro de nosotros. La muy cabrona tenía un Máster en desengaños, porque se acordaba de quererme cada dos años mientras yo me las apañaba para olvidar. Luego las cosas vinieron solas. Me perdí. Y conmigo, la calma con la cocaína. Ejemplo de ello fue cuando me echaron del Casino de Torrelodones. O cuando me detuvieron los municipales, aunque en aquel momento también llevaba tres copas de más y unas cuantas pastillas para no soñar encima. Yo que era tan rubio, tan fino, tan tieso, tan alto, tan cachas… tan joven y ahora tan viejo con look de presidiario.

Como siempre, habitual en mi, haciendo turismo al borde del abismo. Así era yo. La epidemia de tristeza que había en la ciudad me había contagiado. Estaba apatrullando la ciudad por el Boulevard de los Sueños Rotos, pero mucha gente volvía después de un concierto así que lo abandoné para meterme por alguna calle oscura donde tener eso que llaman soledad. Parecía un clochard moribundo. De esa manera, arrastrado a ras de suelo, igual que en todas las noches perdidas, iba como un gato en celo, sin dueño, por la Calle Melancolía cuando en el número 7, al lado del Hotel Dulce Hotel, me crucé con un gran cartel de neones que anunciaba el bar: El Templo del Morbo. Yo quería ir al de Rafa, pero ya no me fiaba. Así que entré y observé hasta que vi aquella silla vacía del fondo. Sólo había pactos entre caballeros empapados en jarabe de litrona. Llamarse La Cuadrilla de la Muerte tampoco le hubiese venido mal al sitio, la verdad. Me senté y pedí una cerveza bien fría. Levanté mi jarra y brindé a su mala salud. En segundo plano, de manera casi imperceptible, sonaba un bolero que no hacía más que mentir. Pero imperaba el ruido. Mucho mucho ruido. Ruido de amenazas, ruido compartido, ruidos animales, ruido sin sentido. Y después, un wishky on the rocks tras otro.

Yo no acostumbraba a deshojar las margaritas por mucho que me dijeran todas que sí. Pero reinaba detrás de la barra del bar. La camarera que me atendió llevaba medias negras y tenía un relicario en el escote. Y qué labios del pecado. Era una mina antipersonal. Me sobraron los motivos para ir a contarle más de cien mentiras. ¿Qué adelantas sabiendo mi nombre? me dijo. Gata valiente de piel de tigre. Horizontal, 5 letras, nombre de dama. María. Le pedí otra copa y me quejé del precio. Podrás volver a robarme, pero tendrás que besarme, le dije. Parecíamos Dieguito y Mafalda. Al final, a ella también le sobraron los motivos para que la llevase a mi casa, aunque me dijo que no quería ningún amor civilizado. Algunas veces gano y otras veces pongo un circo y me crecen los enanos. Pero esa vez había ganado. ¡Ay, Cupido de mi! 

De camino nos besamos en cada farola, y al llegar a mi portal continuamos haciéndolo como dos estudiantes en celo. Y un piso antes del séptimo cielo se abrió el ascensor. Mi casa era una emboscada y no tenía un buen champán francés. Así que recalenté una sopa con vino tinto, pan y salchichón, mientras ella utilizaba el cristal de mi foto de boda para esnifar mi último gramo.

- ¿Qué hacemos con la ropa? - preguntó a la segunda copa.
- Ámame como odian los amantes - le dije.

Fiesta en la cocina. Su dedo en mi espalda. Me envenenaron sus besos. Sabían igual que los de mis sueños. Nos matamos y nos morimos varias veces, intentando preservar el amor. Al día siguiente, el hueco de su ausencia en mi colchón. Yo, que había puesto su nombre a todas las olas del mar. Yo, que le quería escribir la canción más hermosa del mundo. La más puta de todas las señoras, eso era. El café del desayuno parecía un purgatorio, así que me puse una canción de Chavela Vargas para que la amargura no fuese tan amarga. Tardé en olvidarla 19 días y 500 noches, y en muchas de ellas me tumbaba a la orilla de la chimenea a esperar...

Y, de repente, un día, me llamó. Me dejó abrazado a una duda, pero dejé pasar la tentación:

- Me moría de ganas, querido, de verte otra vez.
- Ahora es demasiado tarde, princesa. Búscate otro perro que te ladre, princesa.

Y es que, al final, todos los finales son el mismo repetido. Acaban siendo como aves de paso. Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.