A lo largo de la Historia, muchos hombres se empeñaron en buscar la Fuente de la Eterna Juventud de manera infructuosa, con largos viajes y el sufrimiento de condiciones adversas. Si hubiesen ido por el Norte, pasando por El Negrón, hubiesen tardado una nadería en localizarla ahí, a simple vista, en una Plaza de un Marqués custodiada por un Rey Pelayo que ve pasar, imponente y eterno, a esos jóvenes que riegan de sidra las noches de la ciudad, a esos no tan jóvenes que dan, de la mano, paseos dominicales por El Muelle recordando el paso del tiempo. Cuatro leones la vigilan, con la mirada puesta en los barcos que traen nuevos aires, en el Palacio de Revillagigedo, en el Casco Antiguo y en el ensanche urbano. Tanto el fundador del Reino de Asturias como sus felinos parecen proteger a una ciudad para que siga siendo infinita, para que siga preservando su historia, su cultura y su tradición. Protegen a Gigia. Protegen a Gijón.
Volver. Volver es una palabra que, para los que estamos exiliados, significa ansia e ilusión. Gijón (y Asturias en general) te da de margen alrededor de un mes para estar lejos de ella; después, comienza a echarse demasiado de menos y un inexplicable sentimiento de necesidad se apodera de todo tu cuerpo hasta el punto de que sólo vives por y para volver, descontando días, minutos y segundos. La espera puede ser eterna ya que la mayoría de las veces uno no puede escaparse cuando quiere, bien sea por los distintos quehaceres personales o por el caciquismo que impera en los distintos obsoletos transportes que comunican nuestra querida ciudad.
Esto no pretende ser una pequeña guía turística, sino una pequeña guía sentimental de todos aquellos que amamos Gijón, estemos allí o no. Hay ciertos jueves noche que son diferentes; aquellos en los que sacas en medio de la habitación una vieja maleta desgastada y te pones a pensar, con media sonrisa de niño y la otra media de demonio, qué ropa vas a meter dentro para poder salir luego a tomar unas sidrinas con los amigos por Cimadevilla. Y la cierras y la candas, igual que los magos cierran sus maletines llenos de magia. Te vuelves a casa. Y no te importa tener, al día siguiente, que ir cargando con la maleta por todo el centro de Madrid, porque te vuelves a casa. Emprendes camino en ALSA y cuando vas viendo los prados castellanos por las ventanillas siempre piensas "Madre mía, como Asturias no hay nada". Cinco horas en un autobús (cuando son cinco...) dan para mucho. Y claro, siempre hay que hacer una parada en un sitio recóndito para cambiar el conductor. Minutos más tarde se realiza el primer y único pit stop del trayecto: Villapando (que uno piensa entonces por qué no se puede cambiar de conductor ahí, pero bueno...). Villalpando da para un pis y un café servido por las camareras más ariscas posibles. Las Brujas de Villalpando.
Retomas carretera y poco a poco la orografía del terreno comienza a cambiar según te acercas a la Tierrina. Casualmente es el tiempo en el que tu ya no paras de moverte en el asiento, en parte por cansancio, en parte porque sabes que se acerca El Momento. Los asturianos llamamos El Momento a ese instante en el cual, tras pasar 4,1 km por el túnel del Negrón, con unas luces parpadeantes que te despiertan y te avisan, sales a Asturias. Y ahí están: tus montañas, tus ríos, tu verde, tu orbayu, tu sidra, tus cachopos, tu casa, tu familia, tus amigos, tu vida.
Sabes que te queda una hora aproximadamente para llegar y empiezas a avisar a tu gente por el whatsapp: "Ya estoy en Asturias :)". Haces las paradas en Mieres y en Oviedo, que hacen desesperar a uno, y al final te das cuenta de que estás entrando por la Avenida de la Constitución con una paz y una felicidad equivalentes a un "por fin". Ya estoy en Gijón.
Volver. Volver es una palabra que, para los que estamos exiliados, significa ansia e ilusión. Gijón (y Asturias en general) te da de margen alrededor de un mes para estar lejos de ella; después, comienza a echarse demasiado de menos y un inexplicable sentimiento de necesidad se apodera de todo tu cuerpo hasta el punto de que sólo vives por y para volver, descontando días, minutos y segundos. La espera puede ser eterna ya que la mayoría de las veces uno no puede escaparse cuando quiere, bien sea por los distintos quehaceres personales o por el caciquismo que impera en los distintos obsoletos transportes que comunican nuestra querida ciudad.
Esto no pretende ser una pequeña guía turística, sino una pequeña guía sentimental de todos aquellos que amamos Gijón, estemos allí o no. Hay ciertos jueves noche que son diferentes; aquellos en los que sacas en medio de la habitación una vieja maleta desgastada y te pones a pensar, con media sonrisa de niño y la otra media de demonio, qué ropa vas a meter dentro para poder salir luego a tomar unas sidrinas con los amigos por Cimadevilla. Y la cierras y la candas, igual que los magos cierran sus maletines llenos de magia. Te vuelves a casa. Y no te importa tener, al día siguiente, que ir cargando con la maleta por todo el centro de Madrid, porque te vuelves a casa. Emprendes camino en ALSA y cuando vas viendo los prados castellanos por las ventanillas siempre piensas "Madre mía, como Asturias no hay nada". Cinco horas en un autobús (cuando son cinco...) dan para mucho. Y claro, siempre hay que hacer una parada en un sitio recóndito para cambiar el conductor. Minutos más tarde se realiza el primer y único pit stop del trayecto: Villapando (que uno piensa entonces por qué no se puede cambiar de conductor ahí, pero bueno...). Villalpando da para un pis y un café servido por las camareras más ariscas posibles. Las Brujas de Villalpando.
Retomas carretera y poco a poco la orografía del terreno comienza a cambiar según te acercas a la Tierrina. Casualmente es el tiempo en el que tu ya no paras de moverte en el asiento, en parte por cansancio, en parte porque sabes que se acerca El Momento. Los asturianos llamamos El Momento a ese instante en el cual, tras pasar 4,1 km por el túnel del Negrón, con unas luces parpadeantes que te despiertan y te avisan, sales a Asturias. Y ahí están: tus montañas, tus ríos, tu verde, tu orbayu, tu sidra, tus cachopos, tu casa, tu familia, tus amigos, tu vida.
Sabes que te queda una hora aproximadamente para llegar y empiezas a avisar a tu gente por el whatsapp: "Ya estoy en Asturias :)". Haces las paradas en Mieres y en Oviedo, que hacen desesperar a uno, y al final te das cuenta de que estás entrando por la Avenida de la Constitución con una paz y una felicidad equivalentes a un "por fin". Ya estoy en Gijón.



