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miércoles, 15 de octubre de 2014

Perdido.

No es por esperar
que la vida se me marche.
Ni tampoco por volver
a hacer los hechos desechos.
Normalmente voy tirando
entre remiendo y parche,
entre cura y espanto,
con dudosos derechos,
a golpe de volante.
Dos teclas de piano
con un mismo sonido,
rutina asfixiante,
teléfono comunicando,
papeles perdidos,
papeles que no arden.
Cámbiame las notas,
escribe desafiante,
deja las ventanas rotas,
es lo único que pido.
Las agujas del pasado,
avanzando, caminando,
una vuelta, dos y tres,
no se para este vaivén.
Llega antes del café,
que si no marcho.

viernes, 10 de octubre de 2014

18:24

El paraguas los protegía de las miles de lágrimas que caían, constantes y envenenadas, del cielo. Las maletas estaban empapadas, pero era lo menos importante. Eran las 18:24 y restaban seis minutos para que el vacío llegase y, disfrazado de un dios inmisericorde, los separase de súbito y sin opción. En el andén no había palabras, ni siquiera besos; era un abrazo para lo único que tenían fuerzas y tampoco es que fuese como aquellos que se daban en esas noches que pasaron entre jazz, vino y sábanas.

Se miraban deseando que no fuera cierto, pensando cómo engañar al reloj y sabiendo que era el final. De fondo, como esa música que suena a veces sin que te des cuenta, el tren anunciaba su llegada con las trompetas de la Muerte. Entonces se fundieron un poco más, él oliendo su perfume, ella queriendo protegerse. Cuando las puertas se abrieron, se besaron como si fuesen niños y fueron soltándose, acariciándose la mano según ella se iba metiendo en el vagón con el equipaje que se había ido mojando de tristeza. Procuró sentarse en un sitio de manera que él no pudiera verla llorar, agachó la cabeza y cerró los ojos.

El tren comenzó a moverse a velocidad tortuga, como si quisiera aumentar, con maldad y alevosía, su sufrimiento. Él prefirió mojarse durante un rato así que cerró el paraguas y vio desaparecer el tren a lo lejos, con todo lo que ello significaba. Sabía que no volvería a verla, que no recordaría su olor ni la sonrisa inocente que solía dedicarle. Pero también sabía que las cosas efímeras, por contradictorio que pudiera parecer, suelen quedarse en nuestra memoria como símbolos aislados de una vida que merece la pena bailar mientras te pisas los pies. Y ella no era una excepción.

jueves, 2 de octubre de 2014

Ni siquiera.

Ni siquiera me habló
ni me dio algún motivo.
Ni siquiera se tapó
a pesar de tener frío.
Ni siquiera palpitó
la emoción del enemigo.
Ni siquiera lo pensó
ni conmigo ni contigo.
Ni siquiera se movió
a pesar de darme vueltas.
Ni siquiera bailó
con el miedo su cadera.
Ni siquiera gritó
la vieja herida abierta.
Ni siquiera escribió
cuatro palabras muertas.
Ni siquiera recordó
lo que era cuando fuimos.
Ni siquiera me rozó
el aire de su abanico.
Ni siquiera reservó
mesa de lágrima y vino.
Ni siquiera valoró
el sentir de los instintos.
Ni siquiera devolvió
los recuerdos que debía.
Ni siquiera escuchó
cicatrices merecidas.
Ni siquiera quemó
miradas en gasolina.
Ni siquiera secó
una flor ya marchita.
Ni siquiera sonrió
cuando yo era su payaso.
Ni siquiera anheló
aquel tren en la estación.
Ni siquiera cantó
cuando vació aquel vaso.
Ni siquiera dudó
en el cambio de guión.
Ni siquiera tembló
al entrar al laberinto.
Ni siquiera salió,
y yo justo aquí me rindo.
Ni siquiera quiso,
ni queriendo siquiera.