-->

Sígueme !

twitter icon       facebook icon       gmail icon

viernes, 10 de octubre de 2014

18:24

El paraguas los protegía de las miles de lágrimas que caían, constantes y envenenadas, del cielo. Las maletas estaban empapadas, pero era lo menos importante. Eran las 18:24 y restaban seis minutos para que el vacío llegase y, disfrazado de un dios inmisericorde, los separase de súbito y sin opción. En el andén no había palabras, ni siquiera besos; era un abrazo para lo único que tenían fuerzas y tampoco es que fuese como aquellos que se daban en esas noches que pasaron entre jazz, vino y sábanas.

Se miraban deseando que no fuera cierto, pensando cómo engañar al reloj y sabiendo que era el final. De fondo, como esa música que suena a veces sin que te des cuenta, el tren anunciaba su llegada con las trompetas de la Muerte. Entonces se fundieron un poco más, él oliendo su perfume, ella queriendo protegerse. Cuando las puertas se abrieron, se besaron como si fuesen niños y fueron soltándose, acariciándose la mano según ella se iba metiendo en el vagón con el equipaje que se había ido mojando de tristeza. Procuró sentarse en un sitio de manera que él no pudiera verla llorar, agachó la cabeza y cerró los ojos.

El tren comenzó a moverse a velocidad tortuga, como si quisiera aumentar, con maldad y alevosía, su sufrimiento. Él prefirió mojarse durante un rato así que cerró el paraguas y vio desaparecer el tren a lo lejos, con todo lo que ello significaba. Sabía que no volvería a verla, que no recordaría su olor ni la sonrisa inocente que solía dedicarle. Pero también sabía que las cosas efímeras, por contradictorio que pudiera parecer, suelen quedarse en nuestra memoria como símbolos aislados de una vida que merece la pena bailar mientras te pisas los pies. Y ella no era una excepción.

No hay comentarios:

Publicar un comentario