-->

Sígueme !

twitter icon       facebook icon       gmail icon

martes, 1 de julio de 2014

Y sin embargo, te quiero.

La primavera había durado un segundo. Y el verano, lo que tardó en llegar el invierno. Nada de otoños. Me dieron las diez y las once. Después las doce. La una, las dos y también las tres. La luna con una falda muy corta, casi de puta como las que llevan Maruja La Cachonda o mi prima Carlota -la del perro salchicha-, y un montón de conductores suicidas en la jungla de asfalto.

Yo no era un fulano con la lágrima fácil, ni mucho menos. Viví muchas vidas y me colé en el traje y la piel de muchos hombres que no debí ser, y así me convertí en un pirata con pata de palo. Ni tan arrepentido ni encantado de haberme conocido, lo confieso. Empecé a llevar parche en el ojo cuando ella me robó aquel mes de abril. La verdad es que entonces estábamos cada vez más rotos. Cada vez más ella, cada vez más yo, y ningún rastro de nosotros. La muy cabrona tenía un Máster en desengaños, porque se acordaba de quererme cada dos años mientras yo me las apañaba para olvidar. Luego las cosas vinieron solas. Me perdí. Y conmigo, la calma con la cocaína. Ejemplo de ello fue cuando me echaron del Casino de Torrelodones. O cuando me detuvieron los municipales, aunque en aquel momento también llevaba tres copas de más y unas cuantas pastillas para no soñar encima. Yo que era tan rubio, tan fino, tan tieso, tan alto, tan cachas… tan joven y ahora tan viejo con look de presidiario.

Como siempre, habitual en mi, haciendo turismo al borde del abismo. Así era yo. La epidemia de tristeza que había en la ciudad me había contagiado. Estaba apatrullando la ciudad por el Boulevard de los Sueños Rotos, pero mucha gente volvía después de un concierto así que lo abandoné para meterme por alguna calle oscura donde tener eso que llaman soledad. Parecía un clochard moribundo. De esa manera, arrastrado a ras de suelo, igual que en todas las noches perdidas, iba como un gato en celo, sin dueño, por la Calle Melancolía cuando en el número 7, al lado del Hotel Dulce Hotel, me crucé con un gran cartel de neones que anunciaba el bar: El Templo del Morbo. Yo quería ir al de Rafa, pero ya no me fiaba. Así que entré y observé hasta que vi aquella silla vacía del fondo. Sólo había pactos entre caballeros empapados en jarabe de litrona. Llamarse La Cuadrilla de la Muerte tampoco le hubiese venido mal al sitio, la verdad. Me senté y pedí una cerveza bien fría. Levanté mi jarra y brindé a su mala salud. En segundo plano, de manera casi imperceptible, sonaba un bolero que no hacía más que mentir. Pero imperaba el ruido. Mucho mucho ruido. Ruido de amenazas, ruido compartido, ruidos animales, ruido sin sentido. Y después, un wishky on the rocks tras otro.

Yo no acostumbraba a deshojar las margaritas por mucho que me dijeran todas que sí. Pero reinaba detrás de la barra del bar. La camarera que me atendió llevaba medias negras y tenía un relicario en el escote. Y qué labios del pecado. Era una mina antipersonal. Me sobraron los motivos para ir a contarle más de cien mentiras. ¿Qué adelantas sabiendo mi nombre? me dijo. Gata valiente de piel de tigre. Horizontal, 5 letras, nombre de dama. María. Le pedí otra copa y me quejé del precio. Podrás volver a robarme, pero tendrás que besarme, le dije. Parecíamos Dieguito y Mafalda. Al final, a ella también le sobraron los motivos para que la llevase a mi casa, aunque me dijo que no quería ningún amor civilizado. Algunas veces gano y otras veces pongo un circo y me crecen los enanos. Pero esa vez había ganado. ¡Ay, Cupido de mi! 

De camino nos besamos en cada farola, y al llegar a mi portal continuamos haciéndolo como dos estudiantes en celo. Y un piso antes del séptimo cielo se abrió el ascensor. Mi casa era una emboscada y no tenía un buen champán francés. Así que recalenté una sopa con vino tinto, pan y salchichón, mientras ella utilizaba el cristal de mi foto de boda para esnifar mi último gramo.

- ¿Qué hacemos con la ropa? - preguntó a la segunda copa.
- Ámame como odian los amantes - le dije.

Fiesta en la cocina. Su dedo en mi espalda. Me envenenaron sus besos. Sabían igual que los de mis sueños. Nos matamos y nos morimos varias veces, intentando preservar el amor. Al día siguiente, el hueco de su ausencia en mi colchón. Yo, que había puesto su nombre a todas las olas del mar. Yo, que le quería escribir la canción más hermosa del mundo. La más puta de todas las señoras, eso era. El café del desayuno parecía un purgatorio, así que me puse una canción de Chavela Vargas para que la amargura no fuese tan amarga. Tardé en olvidarla 19 días y 500 noches, y en muchas de ellas me tumbaba a la orilla de la chimenea a esperar...

Y, de repente, un día, me llamó. Me dejó abrazado a una duda, pero dejé pasar la tentación:

- Me moría de ganas, querido, de verte otra vez.
- Ahora es demasiado tarde, princesa. Búscate otro perro que te ladre, princesa.

Y es que, al final, todos los finales son el mismo repetido. Acaban siendo como aves de paso. Y la vida siguió como siguen las cosas que no tienen mucho sentido.

No hay comentarios:

Publicar un comentario