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miércoles, 9 de julio de 2014

De Dioses y fútbol: Thor y Jesucristo.


"El gran estilo nace cuando lo bello obtiene la victoria sobre lo enorme."

Estas palabras pertenecen a Nietzsche, filósofo y alemán. Probablemente, quizá, en el momento en que acuñó esta frase en algún lugar de Brasil se estuviese sambando o rezando o riendo. O las tres a la vez.

La Alemania de la segunda mitad del siglo XIX era, por aquel entonces, totalmente diferente a la de hoy en día: no había Mercedes, no había trabajos (temporales) para jóvenes españoles cualificados, no rescataban y no había fútbol. Pero Thor acabaría prestando su martillo a once jugadores, intercambiables a lo largo del tiempo, que plasmarían en un terreno de juego las características de lo que acabaría siendo el país: solidez, austeridad, autoridad, simplicidad, inteligencia, eficacia y determinismo. Desconozco, humildemente, cómo era Brasil. Pero seguramente algún chiquillo daría patadas a algún objeto sin tener ni idea de que, pasados 100 años, su territorio tornaría en un sentimiento desmesurado por el deporte rey y se convertiría en el máximo exponente de las filigranas y espectáculo balompédico. Sí que se rezaba, eso seguro. Podríamos decir, en términos futbolísticos, que Brasil maravillaba como lo hacía Jesucriso en los sermones mientras que Alemania destrozaba bajo el poderoso influjo de la herramienta del Dios nórdico. Llegados a 2014, se presentaba en el Mundial americano una semifinal entre Jesús y Thor, ambos con dudas de sus propios poderes y convicciones. 

Dejando a un lado dioses y demás parafernalia inventada carente de sentido, a veces este deporte tiene una cruel y placentera justicia poética. Brasil pensaba que era su momento y creó, en 7 días, un universo patético que miraba por encima del hombro a todo aquel pequeño planeta que tuviera que acoger, casi perdonando la vida de sus habitantes y ofreciéndoles una redención intencionada para intentar lavar su propia imagen ante el mal juego (sucio, por otra parte) que desplegaban. Estudiado todo por parte de su imperioso entrenador Scolari, cualquier pequeño detalle o triquiñuela (dejando a un lado arbitrajes) era bueno para tapar las carencias de un equipo presionado por su propia ambición. Ejemplo de ello es el falso consuelo de David Luiz a James Rodríguez en el partido de cuartos. O la criminalización de Zuñiga por lesionar (de manera no intencionada) al hijo de Dios Neymar. O las lágrimas de todos sus jugadores al finalizar un partido. Todo valía. Hasta que llegó Klose y empezó a poner estabilidad en ese universo caótico. Él mismo se encargó, además, de dejar su nombre en el vacío etéro por siempre jamás, convirtiéndose en el máximo goleador de la Historia de los Mundiales.

El minutero había dado veintiséis veces la vuelta en el partido y a Brasil sólo le quedaba rezar de nuevo. Pum. Pum. Pum. El martillo de Thor. Perdón, de Löw. 1, 2, 3, 4, 5, 6 y hasta 7 goles que hacían que el Big Crunch del universo brasileño cada vez estuviese más cerca. Cada tanto parecía una sinfonía distinta del genio alemán (otra vez) Beethoven. Ni siquiera eso, parecían versiones distintas de Für Elise. Pura perfección. El estadio era lo menos parecido a un sambódromo. Descolocados, impresionados, alterados, incrédulos, los futbolistas sudamericanos eran unos muñecos impotentes ante la autoridad alemana. Fútbol total.

Será difícil volver a recordar un partido así, un partido que provocará, lamentablemente, una herida perenne en todos los corazones de la gente de Brasil hasta límites insospechados. De lo que pase fuera del estadio, más allá del fútbol y del mero deporte es algo que no quiero ni pensar.

El fútbol, a veces, tiene estas cosas. Que devuelve la humildad a un pueblo humilde de por sí engañado por el despreciable espectáculo del fútbol moderno, y da la gloria eterna a otro que, de por sí, engaña. Pero eso es harina de otro costal, y aquí lo bello obtuvo la victoria sobre lo enorme. Thor a crucificado a Jesucristo y Alemania ha dado a luz el Gran Estilo.


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