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martes, 24 de junio de 2014

El espejo roto

“- El espejo se ha roto.
 - Ya lo sé, me gusta así. Así me veo tal y como me siento.”
Se oye un sonido similar al de un disparo. Shirley McLaine sube atropelladamente las escaleras del descansillo, mientras sus tacones gritan su nombre. Él le abre la puerta, perplejo y ojiplático ante la llegada nerviosa y acojonada de la que acabaría siendo su chica, mientras sostiene una botella de Champagne que acababa de ser abierta y la espuma le chorrea por su sus dedos, su mano y el puño de su camisa blanca. Y en ese momento no importa cuánto liquidito dorado se caiga al suelo, porque está ella y a él le da todo igual. Podría haber pasado una eternidad derramando la bebida, que no le hubiese importado. La invita a pasar, un juego de cartas, y Jack Lemmon culmina la mejor película de la Historia, con permiso de Shirley; El Apartamento.


Podría verla mil y una veces, y siempre encontraría algún detalle, alguna palabra, algún gesto que me haría disfrutarla más y más. Alguien, a quien aprecio de manera infinita, me aconsejó varias veces escribir. Hacerme un blog. Decía que lo hacía bien y que además podría servirme para evadirme un poquito de una realidad parecida a la que vivía este personaje en su película. "Ya sabes, vivo como Robinson Crusoe, náufrago entre 8 millones de personas.", decía. Dicha persona fue quien me descubrió esta película, así que es justo que me deje aconsejar por ella.

Un náufrago... Resulta curioso sentirte así en un mundo interconectado, falso, aparente y, sin embargo, que nos encanta a todos y cada uno de nosotros. "Crearnos nuestro propio papel". Tener 1000 amigos en todas las redes sociales existentes. Y, a pesar de todo, ser un Robinson Crusoe. @RobinsonCrusoe. El amigo Jack lo volvía a clavar: “- El espejo se ha roto. - Ya lo sé, me gusta así. Así me veo tal y como me siento.” . 

No lo voy a negar. Muchísimas veces me siento así. Exiliado de mi Tierra en una ciudad salvajemente preciosa, maravillosamente cruel. Así que, desde este momento, intentaré lanzar mensajes como el que escribo, con cierta asiduidad, al inmenso mar actual, por si acaso alguien quiere parar, sentarse y leer lo que puedo decir acerca de lo que acontece en mi pequeña isla. Tampoco es que tenga mucho que contar, puesto que sólo tengo una vieja raqueta para recudir los spaguettis, pero aquello que os pueda decir será desde el cariño, la sinceridad, la risa y la diversión. Vamos, como en una película de Billy Wilder, pero esta vez con letras. Yo, de momento, ya he descorchado el Champagne

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